Un acontecimiento memorable tuvo lugar en Ceuta los días 30 y 31 de julio de 2026. A través del paso de El Tarajal, más de 70.000 personas —unas a pie y otras a nado— cruzaron la frontera desde Marruecos. Todos los informativos mostraron imágenes de la frontera terrestre. Sin embargo, a pesar de encontrarse a pocos kilómetros de esa misma frontera, el público general tardó semanas en enterarse de lo que estaba ocurriendo en el mar.
Durante esos mismos días, buques de guerra de la Marina Real de Marruecos entraron en aguas de Ceuta, según confirmó el diario El País a través de fuentes conocedoras de los hechos. Estos movimientos no fueron aislados ni fortuitos. Según las mismas fuentes, las incursiones continuaron hasta principios de agosto e incluyeron cambios de rumbo que no se ajustaban a la definición de «paso inocente» establecida por el derecho internacional. La fragata Mohammed VI, buque insignia de la Marina marroquí, fue una de las naves desplegadas; había sido construida en Francia y trasladada a Marruecos en 2014.
Resulta difícil no cuestionarse el propósito de estas acciones. Aunque las fuentes consultadas no pudieron confirmar definitivamente la intención, apuntaron a dos posibilidades: observar desde el mar los sucesos que tenían lugar en tierra o, en el peor de los casos, respaldar de algún modo la presión migratoria sobre la frontera española. El momento elegido resulta significativo, si bien no existen pruebas concluyentes de esto último.
España respondió. El buque de acción marítima Rayo, que llegó al puerto de Ceuta procedente de Las Palmas el 3 de agosto, fue la primera unidad empleada por el Estado Mayor de la Defensa. Ante la persistencia de las incursiones, también se movilizó la fragata Santa María, con base en Rota (Cádiz), aunque tuvo que ser relevada por la fragata Navarra debido a una avería mecánica. El 6 de agosto, ambos buques atracaron brevemente de forma conjunta para proceder al relevo de las unidades de Infantería de Marina embarcadas mientras patrullaban las aguas frente a Ceuta. El mensaje era inequívoco: España no iba a mirar hacia otro lado.
Paralelamente, el Ministerio de Defensa abordó la cuestión directamente con Rabat. Según diversas fuentes, tras estas gestiones, las incursiones cesaron. Existe otro factor que merece consideración, pero que no ha recibido mucha atención en el debate público. Según informes de inteligencia, buques de guerra de la Marina Real británica mantuvieron comunicación con pesqueros marroquíes que operaban en aguas cercanas a Ceuta.

De confirmarse, este tipo de coordinación entre actores militares y civiles es lo que los analistas de defensa denominan estrategia de «zona gris»: fricción sin declaración de guerra, presión sin confrontación directa. Otras naciones del mundo emplean esta estrategia, que resulta difícil de contrarrestar con métodos tradicionales.
El 12 de octubre, durante la recepción en el Palacio Real posterior al desfile del Día de la Hispanidad, Pedro Sánchez confirmó el incidente. No lo hizo en el Parlamento, sino en una conversación informal con periodistas. Calificó aquellos momentos de «muy intensos» y aclaró que se recurrió a la comunicación «al más alto nivel» entre ambas armadas para resolver la cuestión. En respuesta, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, afirmó que Sánchez debería haber enviado tropas a la frontera y le reprochó no haber dado explicaciones en el Parlamento.
Ya se han producido periodos de tensión similares en las relaciones entre España y Marruecos, aunque rara vez tan concretos como este. La proximidad geográfica es una realidad ineludible. El estrecho de Gibraltar es una de las rutas marítimas más transitadas del mundo. Y Ceuta, con una superficie de apenas 19 kilómetros cuadrados, ha sido fuente de conflicto entre dos naciones que, a pesar de todo, deben encontrar la manera de cooperar a largo plazo. Esa realidad no se ve alterada por lo ocurrido este verano. No obstante, el suceso introduce una nueva variable en la ecuación, y aún no está claro cómo se gestionará a largo plazo.
