El 13 de octubre, Beatriz Biedma Rojano regresaba a Badajoz tras prestar declaración en la Audiencia Nacional. La acompañaba su hija menor. Fue la niña quien se percató de que, en un vehículo que se había detenido junto al suyo en la carretera, viajaba alguien a quien ella reconoció. Tras tener conocimiento de los hechos, la magistrada presentó de inmediato una denuncia formal ante la Brigada Provincial de Policía Judicial de Badajoz. Así es como trabaja Biedma: de manera metódica y sin estridencias.
Para quienes siguen este caso desde hace tiempo, este incidente resulta más frustrante que sorprendente. La jueza encargada de la investigación sobre David Sánchez —hermano del presidente del Gobierno— lleva meses sometida a una presión que pocos magistrados habrían podido soportar sin solicitar medidas de seguridad adicionales o adoptar un perfil más bajo. Ella no ha hecho ninguna de las dos cosas; sigue trabajando sin contar con escolta personal.
En el centro de todo este asunto se encuentra Luis José Sáenz de Tejada, un exjuez expulsado de la carrera judicial tras ser condenado por violencia de género. Según un informe de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, él actuaba como enlace entre clanes dedicados al narcotráfico en Badajoz —entre ellos, el grupo conocido como «Los Rocho»— y la llamada «trama Leire». En el teléfono móvil de uno de los sospechosos se halló una anotación reveladora: «La jueza del hermano, una sinvergüenza de cuidado».
La información está en manos de Luis Sáenz de Tejada. Resulta difícil leer esto sin percibir que se estaba gestando algo claramente ilícito. Sáenz de Tejada está acusado de los delitos de asociación ilícita, calumnias, coacciones y contra la integridad moral. El juez Santiago Pedraz lo ha citado a declarar el próximo 28 de octubre en calidad de investigado.

La documentación de la UCO va mucho más allá del ya grave problema del acoso mediático. Además de la vigilancia física en el colegio de su hija, en su gimnasio y en las inmediaciones de su domicilio, existen más de mil vídeos en YouTube dirigidos contra la magistrada. La frase «es una auténtica pesada, una toca-pelotas, y hay que quitarla de en medio» también circuló entre los investigados. Según la UCO (Unidad Central Operativa de la Guardia Civil), esto constituye una «intención de causar daño físico». Los agentes fueron informados de ello por una de las cabecillas de los clanes, Cintia Rocho.
Beatriz Biedma, de 49 años y natural de Córdoba, lleva más de dos décadas residiendo en Extremadura. Quienes la conocen la describen como una persona discreta y perfeccionista. Durante su etapa como jueza instructora, leyó personalmente cada uno de los 64.000 correos electrónicos incautados en el caso contra David Sánchez. Así es ella como magistrada. Fue designada para este caso mediante un sorteo digital aleatorio entre los cuatro jueces de instrucción de Badajoz; no llegó a él por ambición ni por afán de protagonismo. Simplemente, cumplió con su deber.
Su entorno cercano afirma que su preocupación por sus hijas y por su madre —que se encuentra enferma en Córdoba— pesa más que las amenazas a las que se enfrenta. Son esas las fisuras en su defensa por las que se cuela el miedo. No obstante, hay un detalle revelador: Biedma conoce bien a las personas que la han puesto en peligro. Ya había tratado con ellas en su juzgado; algunas, incluso, habían prestado declaración ante ella. Sus colegas se preguntan: «Dada esta situación, ¿creéis que tiene miedo ahora?». Aunque se trata de una pregunta retórica, también arroja luz sobre un rasgo fundamental de su personalidad.
El caso sigue su curso. La imputación formal de Sáenz de Tejada no es más que una nueva etapa en una investigación que continúa en la Audiencia Nacional. Han aparecido más conversaciones, más nombres y más notas incautadas. Queda por ver qué más saldrá a la luz. Sin embargo, lo que ya se sabe basta para explicar por qué esta jueza, que comenzó siendo una completa desconocida, se ha convertido en una de las figuras más comentadas del sistema judicial español. No dio un paso atrás cuando todos esperaban que lo hiciera, y no lo hizo por buscar atención.
