Pedro Sánchez disolvió las Cortes el 5 de octubre y convocó elecciones generales para el 29 de noviembre. El rechazo del Congreso a dos decretos sobre vivienda, que el Gobierno había presentado como urgentes, actuó como detonante inmediato. Sin embargo, quienes siguen de cerca la política española saben que las explicaciones nunca se limitan a lo que se dice en una rueda de prensa. Una legislatura gobernando en minoría, meses de creciente tensión y un momento que Sánchez consideró oportuno. En las urnas se verá si tomó la decisión correcta.
No obstante, resulta destacable el tono empleado por el presidente del Gobierno al inicio de la precampaña. Tres actos en menos de una semana —el sábado en Dos Hermanas, el domingo en Ponferrada y el miércoles en Zaragoza— recorren un terreno electoral que el PSOE debe consolidar. Sánchez habló de derechos y de una futura legislatura de cuatro años en la Térmica Cultural de Ponferrada, un recinto a medio aforo en una ciudad minera que conoce bien el significado del cambio económico. Se proyectó deliberadamente la imagen de un presidente que no se arrepiente de haber gobernado.
Las encuestas le favorecen actualmente. El PSOE obtendría un 34 % estimado de los votos —tres puntos más que en septiembre—, mientras que el PP caería al 22,2 %, según el barómetro de octubre del CIS, que generó gran revuelo. Se trata de una ventaja de casi doce puntos. Es una cifra significativa, pero conviene analizarla con cautela. En 2023, los sondeos pronosticaban una victoria clara del PP, pero el resultado real fue mucho más ajustado, tal como señala el propio Sánchez. Feijóo también lo recuerda, aunque por motivos distintos.
El líder del PP no oculta su optimismo. Durante la recepción en el Palacio Real del 12 de octubre —donde ambos candidatos conversaban con periodistas en salas contiguas—, Feijóo afirmó que su partido está «más movilizado» que en 2023 y que ninguna encuesta interna augura un resultado peor que el de aquel año. Sería necesario un acuerdo de gobierno con Vox si su partido lograra entre 133 y 141 escaños, según encuestas internas difundidas por diversos medios de comunicación. Feijóo matizó esta posibilidad afirmando: “Ni cordón sanitario ni cordón umbilical”. En la práctica, todavía no está del todo claro qué significa eso.

Existen varios temas interconectados en el contexto de estas elecciones. Un momento de gran carga emocional en torno a la crisis de la vivienda —que llevaba meses acumulando tensión— fue el desalojo de Maricarmen, una mujer mayor y vulnerable a quien la policía sacó de su domicilio; las imágenes de su desalojo se hicieron virales en los medios durante días.
A esto se suman las acampadas en Granada, Málaga y Sevilla, así como la huelga general del 11 de noviembre. Todo ello condiciona el ambiente de precampaña, y Sánchez parece dispuesto a permitir que el debate se desarrolle en ese terreno.
La situación es más compleja a la izquierda del PSOE. Ada Colau es la candidata a la presidencia de la coalición Frente Amplio, integrada por Sumar, IU, Más Madrid y los Comunes. Por su parte, Podemos y ERC han decidido concurrir juntos en Cataluña. Se trata de un bloque de izquierdas que intenta proyectar unidad, a pesar de parecer dividido sobre el papel. De momento, se desconoce si esta estrategia logrará convencer a los votantes progresistas.
Esta campaña difiere de las anteriores en que existe menos certeza de lo habitual. Hay una agenda repleta de temas —desde la crisis migratoria de Ceuta hasta el debate sobre la “Ley de Nietos” y el derecho al voto de más de 163.000 ciudadanos nacionalizados—, dos candidatos que dan por segura su victoria y encuestas que arrojan resultados distintos según quién las haya encargado. Quedan 45 días. Cuarenta y cinco días pueden marcar una gran diferencia en la política española.
